Resultan increíbles todas las cosas que pueden suceder entorno a un objeto tan simple como un zapato, quien hubiera imaginado que Cenicienta encontraría su príncipe gracias a uno de estos artículos a los que damos tan poca importancia. Lo crean o no mis queridos lectores yo también tengo mi historia con estos cotidianos pero poco relevantes objetos.
Una fría mañana de Noviembre desperté con un animo diferente a lo que yo solía ser, había algo en el ambiente que creaba una capa de irrealidad entre el mundo y yo, todo parecía envuelto en una neblina de esas que con frecuencia aparecen en mi cabeza y me dictan alguna melodía que nunca vuelvo escuchar o algunas frases que me hacen pensar y ser poeta de nuevo para después desaparecer entre palabras y jugar conmigo, con la imposibilidad de plasmar esto en papel, de recordar lo que paso dentro de ese humo de fantasía.
Al vislumbrar el nuevo día corrieron por mi cuerpo unas ganas inmensas de salir a correr por el parque que esta apenas a unas calles de mi casa. Fue entonces cuando el destino me hizo una sucia jugarreta. Entusiasmada me levante y me vestí con los pantalones deportivos que compre en año nuevo para salir a correr a diario y que irónicamente estaba usando por tercera vez, una sudadera para guarecer a mi frágil piel del frío y cuando busque los Tenis que había comprado con el mismo propósito que el pantalón solo encontré uno.
Empeñada en salir esa mañana en que me encontraba conectada con algo que no puedo precisar, más unida al universo que de costumbre, no podía quedarme en casa decepcionada por no hallar un simple zapato. Busque en todas las partes posibles de casa donde pudiese estar el zapato fugitivo, debajo de la mesa, en cada rincón del armario, debajo de la cama, en la casita del perro… nada. En verdad desgaste mis fuerzas buscando sin obtener resultado alguno, agote todos mis recursos y los lugares donde buscar, nada había que pudiese hacer para encontrarlo. Pasaron más de 2 horas mientras yo perdía el tiempo tratando inútilmente de hallar el zapato perdido. El destino, pensé, me ha jugado una mala pasada y quizá deba quedarme en casa.
Pero mis ganas de correr libre eran tantas que en lugar de rendirme por no tener zapatos, descalce el otro pie, tome las llaves de la casa y salí a correr así, descalza, nunca en la vida me había sentido tan viva, el tacto del pasto húmedo y frío a pies es algo que jamás olvidare, corrí y corrí, y así pasaron las horas hasta que un impulso repentino me hizo volver a casa. Mis pies estaban congelados, no podía sentirlos, pero nunca nada me había gustado tanto como correr descalza esa mañana.
No hace falta decir que pesque un catarro tremendo la semana siguiente, y mientras estaba en casa reposando sin poder salir a ningún lugar encontré el zapato en un lugar que jamás me hubiera imaginado. Dentro del estuche de la guitarra que jamás guardo.
Desde entonce no he vuelto a utilizar esos Tenis, porque se han convertido en todo un símbolo sobre mi repisa. Y esa mis estimados lectores es la historia de cómo decidí salir a correr todos los días.
sábado, 22 de octubre de 2011
Atisbos y miradas
Atisbos y miradas nos fueron consumiendo hasta convertirnos en cenizas, terminamos siendo los espectadores de la vida que transcurría frente a nuestras narices, espectadores de una aburrida película, viendo siempre a los mismos seres pasar indiferentes frente a nuestras escrutadoras miradas, esperando que la trama mostrase algo interesante, pero descubriéndonos decepcionados al final, observando desde la ventanita como buenos espías, dándonos cuenta que al final todo era igual, que no habíamos echo nada y que nos desvanecíamos poco a poco entre las tinieblas del olvido.
No vi mudar otro otoño
Aquel bello árbol seguía ahí, toda había cambiado, excepto él. Tú ya no eras el mismo, yo ni siquiera me parecía a la persona que fui. Es cierto que vio caer sus hojas, pero volvieron a crecer, su esencia no había cambiado, era lo único familiar que me quedaba. Lo que me recordaba que algún día fui contigo, que fui junto a ese árbol. Y es que no vi mudar otro otoño, no vi las calles teñirse de amarillo y mostrar un viento que provoca las mañanas de ayer. Tal vez este otoño no nos tiña con los mismos ayeres. Tal vez estas hojas que no vi sean nuestros recuerdos que van muriendo. Se tornan de un color parecido al de las viejas fotografías. Puede que hayas sido tú, puede que haya sido yo, pero no importa ya. Fuimos pero estamos, somos pero ya no existe un nosotros.
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